En el suelo y sobre las sillas, veíanse montones de pliegos y cuadernos cubiertos de renglones apretados, y alrededor de la mesa, la avalancha de papeles aún era mayor, pues se erguía formando gruesas columnas que amenazaban desplomarse sobre la escribanía, cubierta de capas de tinta seca y rematada por un busto de San Ignacio.
El lienzo de pared que se extendía detrás de la mesa era el único desnudo de armarios y legajos; pero estaba ocupado por un gran mapa de España, hecho a mano, y una gran parte del cual quedaba envuelto en la sombra.
El jesuíta, siempre de espaldas a la habitación, con las manos metidas en los bolsillos de la sotana y chupando el residuo de un cigarrillo de papel, seguía contemplando la calle sin que lograran hacerle volver la cabeza las diabluras de un gatazo blanco, gordo y lustroso como un canónigo, que saltaba sobre un ancho brasero cuando no se entretenía en arañar estridentemente los hilos de la alambrera.
De pronto, un hermoso coche, que por su forma moderna y elegante parecía impropio de aquel tiempo en que todavía imperaba la pesada y antigua carroza, penetró en la calle con ligereza, ahogándose el ruido de sus ruedas en la espesa alfombra de nieve.
El jesuíta lo reconoció inmediatamente.
—¡Su reverencia, que llega!—murmuró, e inmediatamente se retiró del balcón para ir a ocupar su asiento junto a la mesa, no sin antes dar una patada al gato por puro gusto de hacer daño.
Púsose inmediatamente a escribir en un papel colocado en el centro de la gran cartera de badana y así estuvo mucho tiempo sin levantar la cabeza, hasta que, por fin, oyó rumor de pasos cerca de la puerta.
Entonces levantó el rostro, fingiendo admirablemente una expresión de sorpresa.
Quien entró fué el padre Claudio. Arrojó su sombrero y manteo sobre una silla, dirigió como saludo al escribiente una sonrisa protectora, propia de un superior distinguido, pero amable, y fué a sentarse al lado del brasero con aire mujeril, subiéndose un poco la sotana y mostrando sus ajustados zapatos con hebillas de oro y sus medias de seda negra, que comprimían las pantorrillas, de líneas correctas y artísticas como las de una dama.
Después de remover las brasas y de acariciar al gato, que fué a frotarse cariñosamente contra sus piernas, fijó su vista en el otro jesuíta, que desde la llegada de su reverencia se había quedado inmóvil y con la cabeza baja, como si esperara para seguir trabajando la orden de su superior.