—¿Has trabajado mucho?
—Así, así, reverendo padre. Mi voluntad es más grande que mis fuerzas.
—¿Despachaste ya el correo?
—En ello estoy, reverendo padre. Tengo ya escritas las contestaciones a las cartas recibidas ayer. No son tantas como en otros días.
—¿Llegó ya el correo de hoy?
—El hermano portero del Seminario lo trajo hace una hora. He examinado todas las cartas y aguardo vuestras órdenes para contestar.
—Bien; procedamos con orden. Primero las contestaciones a las cartas de ayer.
—Aquí están escritas y sólo esperan vuestra firma. Las copias están puestas ya en cifra en el libro de memorias.
—¿Qué le dices al superior de nuestra casa de Zaragoza?
—Lo que vuestra reverencia me indicó. Que es imposible enviarle un ochavo y que él es quien debe procurar lo necesario para que la Orden sea rica y poderosa en Aragón, y enviar además aquí cuanto pueda.