—Esa es la verdad. Los jesuítas, cuando se establecen en un punto, es para sacar de los buenos devotos los medios para proseguir su campaña en bien de Dios y de la Religión, y no para gastar en provecho del pueblo el dinero que la Orden atesora después con tan grandes esfuerzos. Nosotros sólo somos esponjas que chupamos el zumo del país en que nos establecemos para exprimirlo después sobre nuestra caja de Roma. ¡Medrada estaría nuestra Orden si en vez de atesorar derramara su dinero en los países donde está establecida! El que piensa lo contrario no es buen hijo de nuestro santo padre Ignacio.
—Lo mismo creo yo, reverendo padre—apuntó servilmente el amanuense.
—Creo, hermano Antonio, que habrás escrito en tono fuerte al superior de Aragón.
—Así es, reverendo padre.
—Muy bien. Ya pensaremos en reemplazar a ese padre con otro que sea más activo e inteligente y que no nos venga pidiendo auxilios a pretexto de los grandes daños que en nuestras antiguas posesiones causaron los revolucionarios durante su gobierno, y de la pobreza de los devotos para contribuir a su reparación. Adelante. ¿A quién más has escrito?
—Conforme a la lista que vuestra reverencia me entregó y a sus indicaciones, he contestado al alcalde corregidor de Murcia.
—Es un caballero honrado, ferviente defensor de Dios y del rey y digno de nuestra estimación, por el afecto que siempre ha demostrado a la Orden. ¿No nos felicitaba porque el señor don Fernando había decretado nuestro restablecimiento, poniendo las cosas de la Orden tal como se encontraban antes de la maldita revolución del veinte?
—Sí, reverencia. Yo le he contestado dándole gracias por el afecto que demuestra y rogándole cuide de favorecer y dar protección en todas ocasiones a los padres que hemos enviado a dicha provincia.
—Está bien. ¿Cuáles son las otras contestaciones?
—A James Clark, en Gibraltar, excitándole a que vigile cada vez más a los emigrados liberales y que vea el modo de impulsarlos a que intenten un desembarco en las costas de España.