—Sí; eso sería de muy buen efecto. El rey fusilaría unos cuantos de esos miserables que tanto daño nos han hecho, y los que aún piensan ocultamente en el restablecimiento de la libertad, acabarían de desengañarse y se arrojarían en nuestros brazos.

—Clark pide dinero para seguir sus trabajos.

—Di mañana al padre Echarri que le remita diez onzas.

—Al librero Suárez, de Barcelona, le he dicho que puede enviar los dos mil ejemplares de “Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII”.

—Es una buena obra escrita por un fraile, que, aunque no de nuestra Orden, nos es muy adicto. Conviene hacerla circular, pues de este modo el pueblo odiará cada vez más a los liberales y estará por completo sumiso a la paternal autoridad de Fernando y a nuestra santa dirección. Avisa al padre Echarri para que envíe el importe de los libros y los reparta en las escuelas y entre los voluntarios realistas que sepan leer... Afortunadamente, éstos no son muchos.

—Al superior de Jaén le he excitado para que no deje de la mano el negocio de la condesa de la Fuente y que procure que el testamento se haga cuanto antes.

—Muy bien. Esa buena condesa es vieja y achacosa; su fortuna asciende a cuatro millones, y justo es que nosotros seamos sus herederos, ya que durante muchos años hemos estado encargados de la administración de su casa.

—A don José López, el secretario del obispo de Oviedo, le he escrito recomendándole que vigile bien al deán. Al deán le he encargado que no pierda de vista a don José López.

—Muy bien. ¿Y qué más?

—A don Nazario Ercilla, canónigo de la catedral de Oviedo, le he dicho que siga observando atentamente al deán y al secretario del obispo.