El padre Claudio, al oír esto perdió la calma. Su sonrisa desapareció y un relámpago de ira pasó por sus ojos.
—Esos frailuchos—dijo con voz algo temblorosa por la cólera—son una canalla soez y grosera que nos hace cruda guerra y a los que necesitamos amordazar. ¿Por qué nos combaten? ¿No los dejamos tranquilos? Durante largos siglos han estado todos ellos, y especialmente los dominicos, monopolizando un instrumento tan valioso como la Inquisición, y explotando toda Europa. Ya que han tragado bastante, que nos dejen ahora hacer nuestro agosto a los hijos de Loyola, pues lo contrario es ser soberbios, y Dios no quiere más que servidores humildes y pobres como nosotros.
—Esa es la verdad, reverendo padre—dijo el secretario, que no perdía ocasión de adular a su superior—. Vuestra reverencia habla con la elocuencia de un Bossuet.
Ya sabré poner remedio a la osadía frailuna haciendo que toda España odie a esos seres que uno de los malditos escritores de la Revolución definió graciosamente diciendo que eran “groseros animales que asomaban la cabeza por una ventana de paño pardo”.
Quedó el jesuíta pensativo, como combinando un plan contra aquellos competidores que disputaban a la Orden la explotación del fanatismo, y después dijo al secretario con resolución:
—Antonio, mañana llamarás al gacetista Martínez.
—Reverendo padre, ese sujeto es un borracho del que no puede sacarse partido. Aún no ha hecho las letrillas satíricas que le encargamos contra los absolutistas templados que aconsejan al rey la clemencia con los liberales. Y eso que el padre tesorero se las pagó por adelantado.
—Cállate y no repliques—dijo el superior dirigiendo una altanera mirada al amanuense—. Llamarás a Martínez y le encargarás que sin perder tiempo escriba un folleto diciendo que la Compañía de Jesús ha tenido más sabios, oradores y publicistas que todas las Ordenes religiosas juntas, y que los frailes (especialmente los dominicos) son gentecilla borracha, disoluta, avarienta, mujeriega y todo cuanto de malo existe. Martínez es un exclaustrado que abandonó el hábito por su mala conducta, así es que estará bien enterado de las hazañas de sus antiguos colegas.
—Está bien, reverendo padre. Pero ruego a vuestra reverencia que se acuerde de lo que nos ocurrió hace dos años en tiempos de la Revolución, cuando le encargamos aquel folleto en el que, a nombre de la libertad, se pedía la santa guillotina, el amor libre y la comunión de bienes; todo para desacreditar a los liberales. Cobró el folleto por adelantado, se lo bebió en unas cuantas borracheras y ésta es la hora que aún no lo ha escrito.
—En vez de llamarlo a él, avístate con su querida, la Pepa, y dale el importe del escrito. Ella es mujer capaz de acelerar la redacción del libro, dando al autor una paliza diaria hasta que lo acabe. Toma nota del asunto, despáchalo mañana mismo, y a ver si la semana que viene está ya el manuscrito en la imprenta. ¡Lástima que ese perdido tenga una pluma sangrienta, de la que tanto necesitamos! Vamos a otro asunto.