—Ese escándalo es demasiado importante para dejarlo sin remedio. El prestigio de nuestra Orden exige una inmediata reparación. Al hermano coadjutor que lo envíen al colegio de Sevilla, y allí que esté durante quince días arrodillado a la hora de comer frente a todos sus compañeros, con un cartel al cuello que diga: “Lascivo”. En cuanto a la familia de la muchacha, recomienda a la Comisión militar permanente de Vitoria que la vigile de cerca, y a la primera ocasión oportuna, envíe el padre a presidio o lo ahorque si le parece mejor. Así aprenderán esos impíos a no llevar en lenguas a la Compañía de Jesús.
—El agente de Salamanca escribe que a nuestro amigo, el boticario don Leandro, lo han metido en la cárcel como autor de la muerte de tres domésticas que en diversas épocas han desaparecido de su casa. El boticario solicita la protección de la Orden, y jura que es inocente.
—Nada tendría de particular que fuese verdadero el asesinato de esas muchachas. El tal don Leandro es un tuno redomado, pero hay que confesar que nadie le va a la mano en la confección de venenos. ¡Con qué lentitud y disimulo matan! ¿No es verdad, hermano Antonio?
Y el hermano jesuíta, al decir estas palabras, sonreía tan malignamente que su rostro tenía la misma expresión de esos diablos berroqueños, que, horripilantes y sarcásticos, surgieron en los frisos de las catedrales bajo el cincel de los escultores de la Edad Media. El amanuense le imitó con una de sus más fúnebres sonrisas, y así permanecieron largo rato, como recreándose en el recuerdo de hechos pasados.
—Favoreceremos a don Leandro—dijo, al fin, el padre Claudio—pues no es racional que nos privemos de tan hábil y sumiso proveedor. Mañana recuérdame, cuando vaya a Palacio, que debo hablar con don Tadeo Calomarde, para que, como ministro de Gracia y Justicia, mande al corregidor de Salamanca que ponga en libertad al boticario.
—La casa Gómez, de Cádiz, anuncia que ha vendido a buen precio la partida de café que nos enviaron de Puerto Rico.
—Envía la carta al padre Echarri, nuestro administrador.
—El agente de Jábea dice que el alijo de tabaco se ha llevado a cabo sin otra novedad que la de tender de un trabucazo a un guardia de costa. La ganancia de esta operación pasará en su concepto de seiscientas onzas.
—Avisa también al padre Echarri, que siempre experimenta un santo gozo cuando ve aumentar el tesoro de la Orden.
—El superior del colegio de Granada se queja de la propaganda que unos frailes dominicos hacen en aquella ciudad contra nuestra Orden. La semana pasada predicaron un sermón en el que pintaban a los jesuítas como intrigantes, sin conciencia, más amigos de los negocios que de la religión y deseosos de avasallar al mundo.