—Esta tarde sólo he recibido la visita de tres: el camarero de Palacio, el oficial del ministerio de Gracia y Justicia y el empleado de la embajada de Francia.
—Empieza por el último. ¿Cuáles son sus informes?
El amanuense consultó las abiertas páginas de un grueso cuaderno, en el cual anotaba las delaciones de los espías de la Compañía, y después de repasar las últimas notas con una rápida ojeada, contestó:
—El embajador piensa pedir mañana una audiencia al Rey para quejarse en nombre de su Gobierno del carácter brutal que reviste la restauración absolutista. Hoy, a la hora del almuerzo, ha dicho a algunos amigos que le acompañaban que está harto de las barbaridades de los realistas españoles, y que M. Chateaubriand le ha escrito autorizándole para que manifieste al Rey que Francia se cree ya deshonrada por haber favorecido con su ejército una reacción que pone a España, en cultura y humanidad, más abajo que el imperio de Marruecos.
—Eso es una exageración propia de un poeta como el ministro francés—dijo el jesuíta sonriendo con expresión de desprecio.
—El embajador ha dicho, además—continuó el hermano Antonio consultando de vez en cuando las notas—, que aunque su Gobierno no le ordenara tal comisión, él la haría por propia voluntad muy gustoso, pues se conduele de la brutalidad de los victoriosos realistas. Además, ha dicho que de todo cuanto sucede es culpable la Compañía de Jesús, y que no ha de parar hasta que acabe con el prestigio y la influencia que hoy ejerce la Orden.
—¿Eso ha dicho el botarate francés?—exclamó el padre Claudio sonriendo de un modo que causaba miedo—. Ya voy cansándome de sus continuas fanfarronadas y comprendo que es preciso librarnos de él. A ver, Antonio, cómo buscas inmediatamente en el archivo la nota del embajador.
Levantóse el secretario de su asiento, y colocándose casi en el centro de la habitación, paseó su mirada rápidamente por los grandes estantes, agobiados bajo el inmenso peso de papeles y libros.
Después, con la seguridad del can que ha olfateado el rastro, dirigióse a uno de los estantes, y sin consultar las colgantes etiquetas, sacó una abultada carpeta. ¡Ya estaba seguro aquel ratón de archivo de no equivocarse!
Descargó el pesado paquete sobre la mesa, hojeó los diversos cuadernos que contenía, y separó uno, cuya cubierta tenía este lema: “Nota relativa al barón de La Tour-Royal, embajador de Francia”.