—¿Desgraciado usted?—dijo el jesuíta con extrañeza—. Señor conde, eso es insultar a Dios, que le concede a usted toda clase de felicidades. Es usted el esposo de una mujer modelo de virtudes; tiene una hija encantadora, que es su propio retrato; la paz del cielo reina en su casa; goza en Palacio de una envidiable posición; ¿qué más puede usted desear?

—No me quejo de mi suerte—contestó Baselga con aire contrito—. Dios me ha dado mucho más de lo que yo merezco. Mi felicidad no consiste en mi mayor o menor fortuna, sino en mi esposa, que parece empeñada en hacerme desgraciado.

—¿Falta acaso a sus deberes la señora condesa?—preguntó el jesuíta con cierta alarma.

—No, padre mío. Pepita es honrada y, aunque alguien quiera hacerme sospechar de su fidelidad, no tengo el menor dato para dudar de ella.

—¿Cuál es, pues, la causa de su pena?

—Pepita no me ama.

—¿No le ama su esposa? ¡Ella, que tantas veces ha asegurado que sentía una loca pasión por usted! ¿Cómo puede ser eso?

—Hace usted muy bien en extrañarse. También experimento yo igual impresión cuando, considerando el pasado, contemplo ese cambio radical que hoy me entristece. Es verdad que Pepita me amaba mucho antes y que correspondía con agrado a mi cariño, pero hoy me acoge en todas ocasiones con el más terrible desvio, y comprendo que ya no soy para ella el mismo que en otros tiempos. Su antiguo amor ha desaparecido.

—Permítame usted, conde, que le indique que muchas veces un exceso de amor puede hacer ver desvio en donde no existe. El amor es pasión desigual que, aunque no se desvanece, se amortigua con el roce, y además la esposa cristiana debe profesar a su marido una pasión tranquila y cercana a la pureza, pues el amor tempestuoso e insaciable sólo es propio de impúdicas cortesanas. Debe usted pensar además que la señora condesa tiene una pequeña hija, la linda Pepita, y que forzosamente el lugar que ésta ocupa en el corazón de la madre priva al esposo de una parte de cariño.

—¡Ay, padre mío! ¡Cuán satisfecho estaría yo con que el desvío que noto en Pepita fuera motivado por su cariño a nuestra hija! Pero desgraciadamente la pequeñuela es víctima igualmente del desvío de mi esposa, y apenas si de vez en cuando logra recibir de ella una mirada. La infeliz niña no tiene otro amor que el mío, y yo soy quien con más asiduidad cuida de ella. Pepita hace más de un año que está preocupada a todas horas con un pensamiento desconocido. No sé cuál pueda ser la causa de tal preocupación, pero de seguro que no somos ni su hija ni yo.