—Esto es grave—murmuró el padre Claudio involuntariamente, mostrándose después como arrepentido de que se le hubieran escapado tales palabras.
—¡Y tan grave, padre mío!—respondió inmediatamente Baselga—. En mi ánimo nunca había arraigado la sospecha, pero hoy me siento inclinado a dudar de la que lleva mi nombre.
—¿No se ha quejado usted nunca a su esposa por tal desvío?
—Más de una vez; pero ella se vale de la superioridad que ejerce sobre mí, y a todas mis palabras responde con burlas que me enardecen la sangre.
—¿Tan escaso dominio ejerce usted sobre la condesa?
—Padre Claudio, es deshonroso para un hombre de mi clase confesar tan vergonzosa debilidad, pero debo manifestarle que Pepita ejerce sobre mí tan completa dominación, que en punto a libre voluntad estoy yo al lado de ella a más bajo nivel que el último de sus criados. Cuando la declaré mi amor me impuso por condición el que abdicara mi voluntad poniéndome por completo a merced de la suya, y desde entonces soy un infeliz esclavo de sus caprichos y carezco de libertad aun para quejarme. No sé cómo es, pero yo, que, como usted sabe muy bien, no tengo miedo a nada y no me atemorizo ante el más grande peligro, en presencia de Pepita enojada tiemblo como un niño y sólo sé hablar para formular excusas y pedir perdón.
El padre Claudio, oyendo las expresiones de aquel infantil gigante, pensaba interiormente en que Pepita era una buena discípula que honraba a sus maestros, y muy digna de vestir la sotana jesuítica por la habilidad con que sabía dominar ajenas voluntades.
Pero otro sentimiento era el que en aquel instante agitaba al discípulo de Loyola.
Consideraba la debilidad de aquel gigantazo, rendido ridículamente cual otro Hércules por el amor, y a la vista de aquella pusilanimidad sonreía soberbiamente, apreciando mejor su propia voluntad, férrea e inquebrantable, que le hacía vivir independientemente de las seducciones mujeriles.
El padre Claudio era incapaz de caer nunca víctima de un amor apasionado. Tenía una castidad casi salvaje, pues en aquel cerebro, ocupado casi por completo por una ambición sin límites, no quedaba el más pequeño rincón para ningún tierno afecto.