V
La víbora y el lobo
Estaba Pepita Carrillo, en las primeras horas de la mañana siguiente, leyendo en aquel gabinete donde se habían desarrollado las primeras escenas de sus amores con Baselga, cuando uno de los dos negros que la servían de criados entró a anunciar la visita del padre Claudio.
Como en aquella época la chimenea francesa era un mueble desconocido, y hasta en el Real Palacio se empleaban los más vulgares medios de calefacción, la condesa de Baselga se calentaba junto a un gran brasero, leyendo al mismo tiempo la vida del santo del día en un tomo del “Flos Sanctorum”, mientras que de vez en cuando, con aire distraído, mojaba un bizcocho en una jícara de chocolate puesta sobre la inmediata mesilla, y lentamente lo llevaba a la boca.
Cuando el criado iba a retirarse después de anunciar la visita, la condesa cesó de leer, y con el rostro contraído por furibunda expresión, preguntó al negro:
—¿Todavía no ha vuelto?
—No, ama mía. Desde ayer por la mañana, en que desapareció, nada hemos podido averiguar sobre su paradero.
—¿Habéis avisado a la Policía?
—Hace un momento he llevado la carta de la señora condesa a la Comisaría, y me han dicho que harán cuanto puedan por atrapar al negro Juan.
—Ese bergante debe de haberse emborrachado en alguna taberna y allí estará durmiendo la mona. ¡Flojos serán los latigazos que va a llevarse apenas lo encuentren! Los de ayer le parecerán delicias comparados con los que le dé apenas lo traigan. Sois todos unos canallas dignos de la horca.