Y la baronesa, después de desahogar de tal modo su malhumor con el negro Pablo y el fugitivo, dió orden para que pasara adelante el jesuíta, e instintivamente fué a mirarse en un espejo, arreglando rápidamente su peinado, bastante descuidado a aquellas horas.
Puesta aún frente al espejo, vió entrar al padre Claudio, que dejó su sombrero sobre una silla y sonriente, como de costumbre, fué a sentarse junto al brasero.
—¡Gracias a Dios!—dijo Pepita riendo graciosamente—que vuestra reverencia se digna visitar esta casa.
—Mis negocios son muchos, hija mía, para que yo pueda dedicar ni una sola hora a visitar las personas a quienes quiero bien. Y por cierto que me conduelo mucho de no poder ser más asiduo en venir a esta casa, pues de lo contrario evitaría algunos males.
—¿Qué quiere decir vuestra reverencia?
El jesuíta, en vez de contestar, miró a la puerta con cierta zozobra, y después dijo en voz baja:
—¿Está el conde en casa?
—Salió hace más de una hora. Según me han dicho los criados, vinieron a buscarlo muy temprano. Sin duda le ocupan mucho los asuntos de la Guardia. Puede vuestra reverencia hablar con entera confianza.
Pepita, interesada por el aspecto un tanto misterioso del jesuíta, experimentaba grandes deseos de que hablara, y había ido a sentarse frente a él.
—Puesto que estamos solos—dijo el padre Claudio—, hablemos con entera franqueza. Hace tiempo que nos conocemos, Pepita, y, por tanto, inútil es todo fingimiento.