La condesa asintió a estas palabras con movimientos afirmativos de cabeza, y el padre Claudio continuó hablando:
—Vamos a ver: ¿cuánto tiempo hace que el rey no ha venido a visitarla?
La hermosa quedóse algo pensativa y después dijo con un gracioso acento de indiferencia:
—Pues... la verdad: no lo recuerdo ciertamente. Creo que hace más de un mes que el señor don Fernando no se acuerda de mí, y yo, por mi parte, si he de hablar con franqueza, debo decir que me place mucho tal ausencia, pues el rey, a pesar de toda su majestad, es un hombre que cada vez me resulta más antipático.
Y Pepita, al decir las últimas palabras, reía como una loca, sin parar mientes en la seriedad del jesuíta.
Este lanzó una severa mirada a la alegre condesa, y dijo con voz lenta, como para que ésta le entendiera mejor:
—No son ésas las instrucciones que yo tuve a bien el dar a usted, atendiendo a los intereses de la Orden. Usted debía tener al rey sujeto a su voluntad y no dejar que fuera a ponerse a los pies de otras mujeres.
—Pero ¿qué he de hacer yo, reverendo padre? ¿He de ir acaso como una ramera a mendigar sus caricias y a decirle: “Amame, porque así le conviene al padre Claudio”? No, reverendo padre; han pasado ya aquellos tiempos en que podía hacer sin deshonra cuanto la Orden me exigía; pues hoy la dignidad me impide obrar como en pasadas épocas, cuando no tenía una hija, ni llevaba un nombre tan limpio y honroso cual es el de Baselga.
Pepita, al decir esto, miraba descaradamente al jesuíta, como retándole a que arguyera algo contra sus palabras; pero éste se limitó a mirarla con desprecio y decir en voz baja: