Quedó un tanto desconcertada la condesa con estas palabras, pero rápidamente recobró su aplomo, y dijo con tono compungido, como de una niña a quien regañan injustamente:
—¿Por qué dice usted eso, padre mío? ¿Cree usted acaso que no debo velar por el buen nombre de mi esposo? Imposible parece que sea usted quien me aconseje lo contrario.
—Lo que parece imposible—dijo el jesuíta con voz algo temblona por la ira—es que sea usted embustera hasta el punto de venir alardeando de virtud con una persona que ha tanto tiempo la conoce. ¿A qué hablarme de su hija? ¿Acaso no sé yo tan bien como usted que su padre no es Baselga, sino el señor don Fernando? ¿Y a qué decirme que no puede seguir faltando al hombre que le ha dado su mano, si yo sé perfectamente que después del rey han sido ya varios los que han sostenido con usted adúlteras relaciones? Tales excusas son inútiles para librarse de los santos compromisos que con nosotros tiene usted contraídos.
La condesa pareció quedar anonadada por estas palabras, y sólo supo disculparse con voz temblorosa:
—No es verdad, padre mío. A usted le han informado mal. Mi único amante ha sido el rey.
—¡Embustera, como de costumbre! ¿No recuerda usted al lindo frailecillo que yo alejé de esta casa y que compartía con usted locos placeres mezclados con actos de devoción? ¿Cree usted acaso que yo no conozco a un “baronet” agregado a la Embajada inglesa que se llama sir Walace?
El jesuíta vió que estas últimas palabras producían en la condesa un tremendo efecto y continuó diciendo con acento cada vez más severo:
—Nuestra Orden lo sabe todo, y desde mi despacho tengo yo noticia exacta de cuanto hace la señora de Baselga, mujer ingrata que paga los beneficios con desaires, olvidando, sin duda, que los mismos que la encumbraron tienen poder para arrojarla al precipicio. Tiene usted amantes, falta a cada momento a sus deberes de esposa, ¿y aún se atreve usted a hablarme de honor para eludir el cumplimiento de las dulces obligaciones que le ha impuesto la Orden? ¿Dónde están aquellas promesas de eterna adhesión que usted nos hacía en otro tiempo? ¿Qué se ha hecho del agradecimiento que demostraba cuando gracias a nuestros esfuerzos la baronesa aventurera Pepita Carrillo se convirtió primero en poderosa manceba del rey y después en esposa del conde de Baselga?
Cada una de las palabras del jesuíta, dichas lenta e intencionadamente, causaban tal impresión en el ánimo de la hermosa, que ésta quedó mucho tiempo cabizbaja y pensativa, no atreviéndose a mirar de frente al airado acusador. Por fin pareció adoptar una resolución, y levantando el rostro, fijó sus ojos en los del padre Claudio, diciéndole con aspereza:
—¿Qué es lo que desea usted de mí?