—Así la quiero ver a usted: franca y resuelta, sin apelar a escandalosas mentiras. La Orden necesita que usted vuelva a atraer al rey para que no perdamos nuestra antigua influencia. A usted le sobran medios para ello; estoy convencido de que el rey la ama, y que si la abandona momentáneamente, es sólo porque nota desvío y frialdad. Hoy don Fernando, en busca de una mujer sumisa a sus caprichos, desciende hasta los barrios más bajos, y de seguro que volverá al lado de usted en cuanto sepa que no encontrará una mujer fría e indiferente que se entrega por deber y no sabe fingir pasión. ¿Está usted dispuesta a obedecer a la Orden siendo para el rey lo que era en otros tiempos?
—No—contestó resueltamente la condesa.
En el rostro del jesuíta pintóse una mezcla de asombro y de rabia, pero esto sólo fué momentáneamente, pues sus labios volvieron a mostrar la acostumbrada sonrisa.
—¿Dice usted que no?... ¿Y por qué?
—Porque yo amo a un hombre y he jurado con toda mi alma serle fiel y no mentir con otro la pasión que por él siento.
—De seguro que ese hombre no será su esposo.
—Es verdad. Pero el que no sea mi esposo no impide que yo esté loca por él.
—¿Ese afortunado mortal será sin duda sir Walace?
—El mismo. Le amo hasta el punto de que yo misma me asusto ante la inmensidad de mi pasión.
—¡Hermosa frase!—dijo irónicamente el jesuíta—. Sin duda usted decía lo mismo hace pocos meses y también se asustaba ante la inmensidad del amor que profesaba al frailecito.