Pepita acogió estas palabras con una graciosa sonrisa, y en tono de broma contestó:
—Tal vez. Debo confesar que al hombre que nombra vuestra reverencia también lo amé mucho.
—Lo mismo dirá usted dentro de poco de ese inglés a quien tanto cariño profesa, y que no tardará en ser sustituído.
—Todo puede ser. Conozco bien mi carácter, y sé que mis pensamientos son tan mudables, que ni yo misma mando en ellos.
El padre Claudio, a pesar de su sangre fría, mostróse un tanto asombrado ante la cínica franqueza de Pepita.
—Acabemos pronto, hija mía—dijo adoptando aquel tonillo dulce, insinuante y familiar que guardaba para las grandes ocasiones—. ¿Cuándo le digo al rey que lo esperas impaciente y que piensas en él a todas horas? ¿Cuándo quieres recibirle?
—Nunca—contestó Pepita, haciendo un mohín de desprecio—. El tal don Fernando es un ente repugnante y, por añadidura, algo viejo. Yo estoy ya en los treinta, y a mi edad sólo se siente simpatía por la juventud hermosa y robusta.
—¡Franca confesión de prostituta!—murmuró el padre Claudio.
El jesuíta quedóse perplejo buscando el medio mejor para vencer a la terca condesa, que contestaba a todas sus indicaciones con cinismos, y sonriendo cada vez más placenteramente, la preguntó:
—¿Cree usted que su marido cuando se enfada es terrible?