—Ya lo creo; mi marido...

—Dígalo usted con franqueza. El señor conde es un bruto.

—Eso es. Le conoce usted muy bien.

—El la ama a usted cada vez con pasión más fogosa.

—Así es, y debo confesar a vuestra reverencia que me incomoda con sus caricias. Es un infeliz digno de que se le quiera, yo soy la primera en reconocerlo; pero tiene la desgracia de estar unido a una mujer loca como yo lo soy, y a quien gustan todos los hombres menos el legítimo. Sus caricias me causan náuseas, y hay momentos en que me aburre, hasta el punto en que me dan tentaciones de revelárselo todo y gritarle: “¡Márchate, animal! En otro tiempo creí que te amaba, pero hoy estoy convencida de que puedo querer a todos, menos a ti... y al rey”. Cada vez que le veo acariciar a mi hija, me escarabajea en la lengua el deseo de decirle que es tan hija suya como del Gran Turco, sólo por el placer de ver la cara de idiota que pondría.

—Muy bien, hija mía. ¿Y qué le parece a usted que haría el conde si se convenciera de que su mujer le engaña? ¿Hasta dónde llegaría su cólera cuando supiera que sus compañeros se burlan a sus espaldas y le tienen por un marido digno de lástima?

La condesa se estremeció, y por su rostro extendióse momentáneamente una gran palidez, mientras que el jesuíta, cada vez más sonriente, decía con acento melifluo:

—¿Cómo le parece a la señora condesa que su marido procederá cuando lo sepa todo? ¿Dando de puñaladas, como los protagonistas de las comedias, o estrangulando, como un gañán?

Pepita era cobarde y además impresionable a causa de su temperamento nervioso. Las palabras del padre Claudio, dichas con una calma que aterraba, lograban desvanecer su afectada serenidad, y su imaginación reproducía con exactitud las amenazas que el jesuíta apenas si indicaba. La condesa se vió ya lívida y estrangulada, con el rostro golpeado y la amoratada lengua asomando entre los dientes, o tendida sobre un charco de sangre y destrozado el pecho a puñaladas, teniendo al lado, como imagen de la venganza, al iracundo Baselga, poseído de un furor gigantesco.

Estos fantasmas, que pasaron rápidamente por su imaginación, le produjeron un terror que el jesuíta adivinaba mientras permanecía silencioso y atento, deseando prolongar la agitación de la rebelde adepta.