Esta no tardó en ir recobrando su serenidad, y deseosa de tranquilizarse a sí misma, dijo al jesuíta con tono triunfante:
—Afortunadamente, no hay pruebas que demuestren a mi esposo cuál es mi conducta.
—Las hay, Pepita, y la persona que las posee tiene interés en mostrárselas al conde.
—¿No será usted esa persona?
—No; pero algún ascendiente tengo sobre ella y puedo hacer o evitar que el conde sepa toda la verdad.
Sonrió la condesa al oír estas palabras, y el jesuíta adivinó que aquella mujer experta dudaba de la veracidad de sus amenazas.
—¿Cree usted acaso que lo que digo es una mentira inventada por mí para lograr mi objeto?
—Todo pudiera ser; ya sabe vuestra reverencia que nos conocemos hace tiempo.
—Pues bien; hagamos la prueba, si a usted le parece bien. Niéguese usted a obedecer mis indicaciones, que yo permaneceré inactivo, dejando que la persona que posee las pruebas las entregue al conde, y antes de veinticuatro horas tal vez éste se convencerá de hasta dónde llega su deshonra.
Dijo esto el padre Claudio con tanta firmeza, que Pepita se persuadió de que sus amenazas eran ciertas, y reflexionó largo rato sobre la resolución que le convenía adoptar.