Estaba Pepita demasiado ligada a la tenebrosa Orden, y había tomado gran parte en sus tramas para dudar del poder de los jesuítas. El padre Claudio era la cabeza visible de la Orden, y desobedecerle era lo mismo que ponerse en pugna con la Institución más poderosa de su época, que sabría vengarse de un modo tan oculto como seguro.
La hermosa condesa tembló ante la perspectiva de crearse tan tremendos enemigos, y de tal modo perdió la serenidad, que mirando al impasible padre Claudio con aire propio de quien pide compasión, le dijo humildemente:
—Estoy dispuesta a cumplir las órdenes de vuestra reverencia.
—Así la quiero ver, hija mía. Permanezca usted siempre fiel a nuestro glorioso Instituto, y no dude que Dios y nosotros nos encargaremos de darla toda clase de felicidades. ¿Está usted dispuesta a recibir al rey?
—Le recibiré cuando quiera vuestra reverencia.
—Bueno. Ya avisaré oportunamente a la señora condesa. Por de pronto, anuncio a usted que he de poder poco, o el conde no sabrá nada de los deslices de su esposa.
Pepita inclinó la cabeza, y ocultándola entre sus manos, comenzó a llorar. El padre Claudio la contempló con la indiferencia del que está acostumbrado a tal clase de arranques, y únicamente preguntó al poco rato por pura cortesía:
—¿Qué le ocurre a usted, Pepita?
—Soy muy desgraciada, padre mío.
—¡Desgraciada!... Todos lo somos en este mundo; pero usted es de las que menos derecho tienen a quejarse, pues las felicidades de la tierra le sonríen y alcanza honores que le envidian otras mujeres.