—¡Vaya un honor! ¡Ser la querida de un rey gotoso, feo y de carácter antipático! ¡Ay, Jesús mío!... ¡Soy muy desgraciada!... ¡Y pensar que yo he nacido para amar a un hombre que nunca se fija en mí!...
Y al decir esto, Pepita levantó la hermosa cabeza, que bañada por las lágrimas resultaba más interesante, y con sus ojazos empañados por el llanto, lanzó una diabólica mirada al bello jesuíta.
No se necesitaba ser tan sagaz como el padre Claudio para comprender la significación de aquello. Además, no era la primera vez que la hermosa condesa pretendía inflamar con tan claras indirectas al almibarado padre.
La esclava del jesuíta quería convertirse en dominante señora, y para ello pretendía encender en él una pasión. Apoderándose de la parte de hombre que encerraba aquel negro hábito, podría dominar la parte de autómata teocrático que ocultaba.
Pero el jesuíta comprendía la importancia de las amorosas demostraciones; sabía que aquello no significaba más que el deseo de arrojarse en brazos de un hombre joven, que era dueño de su voluntad, para librarse de las caricias de un ser que le repugnaba, a pesar de su condición regia; y como esto no convenía a los planes del padre Claudio, de aquí que éste, para librarse de la tentación que le ofrecía aquel cuerpo hermoso, al par que exuberante de robustez y vida, se apresuraba a desaparecer.
Púsose en pie, tomó el sombrero y se despidió de Pepita, diciéndola con un tonillo jovial, aunque algo autoritario:
—Conque quedamos en que usted será obediente y buena hija de nuestra Orden. ¡Buenos días y que el Sagrado Corazón le guarde!
Salió el jesuíta rápidamente de la habitación, y Pepita, secándose las lágrimas con dos rudos restregones, fijó su centelleante mirada en la puerta, y dijo con voz colérica:
—¡Imbécil! Huye, como el casto José, de una mujer hermosa. No quiere comprometerse por miedo a que dominen su voluntad. ¡Monstruo! Sin duda en los novicios de la Orden encontrará consuelo para sus pasiones.
FIN DEL TOMO PRIMERO