Su vida era vulgar aunque salpicada de alguno que otro lance novelesco.

Su padre fué el barón de Carrillo, criollo descendiente de uno de los compañeros de Hernán Cortés y que gozaba en Méjico de una buena fortuna sin límites, consistente en tierras que se encargaban de hacer productivas, animados por las caricias del látigo, innumerables cuadrillas de esclavos.

Solterón huraño e incorruptible, aquel hombre americano parecía nacido únicamente para las intrigas y las luchas que creaban el fanatismo religioso y el deseo de cimentar el poder universal de la Iglesia. Los jesuítas disponían a capricho de su persona y bienes, pues el barón de Carrillo cifraba todo su anhelo en aparecer como el soldado de la intolerancia más decidido y audaz de cuantos seguían el estandarte de Loyola.

Al expulsar Carlos III de España y sus dominios la negra polilla jesuítica, el de Carrillo, por inspiración propia o siguiendo los consejos de los dueños de su conciencia, protestó con las armas en la mano contra la pragmática del rey e inició una revolución de fanáticos, en la que le siguieron los ignorantes indios de tres rancherías. Pero el movimiento no tomó cuerpo y los jesuítas viéronse arrojados de Méjico, mientras que el barón, vencido por las tropas del Gobierno, fué encontrado en una fortaleza y contempló confiscada por la justicia toda su enorme fortuna.

Aunque el tribunal encargado de juzgarlo le consideró como traidor al rey, por ciertas consideraciones le perdonó la vida, y como premio a su afección por los jesuítas, fué condenado a eterna prisión, así como a la pérdida de todos sus bienes.

La calma de la cárcel y el fastidio que produce la soledad, arraigaron en aquel hombre adusto, fanático y casi autómata, un afecto hasta entonces desconocido, pues el barón, con la salud profundamente quebrantada y casi próximo a la muerte, se enamoró como un loco de la hija del comandante de la fortaleza donde vivía encerrado. La muchacha correspondió a su pasión y el resultado de tales relaciones fueron un casamiento y la venida al mundo de niña Pepita, que no conoció a sus padres, pues éstos murieron cuando tenía poco más de dos años.

La hija única del barón de Carrillo quedaba pobre y casi desamparada, pues la inmensa fortuna de su padre, al ser confiscada por el Estado, se había deshecho en manos de éste; pero a pesar de ello, nada faltó a la niña, cuyo progenitor era considerado por muchos como un mártir de la causa de Dios.

Un poder superior parecía velar por el bienestar de aquella niña, de cuya educación se encargó un señor Antonio García, comerciante de Veracruz hombre cristiano y honrado—según decían sus amigos—y que manejaba en su tráfico enormes capitales, que nadie sabía de dónde procedían, así como tampoco persona alguna podía averiguar dónde iban a depositarse las pingües ganancias que le producía su incesante comercio.

El ocuparse tal persona y algunas más de idéntica clase y profesión de la suerte de la criatura, hizo pensar y aun decir a ciertos incrédulos que el jesuitismo no había desaparecido de Méjico, pues aunque los padres con sotana habían sido barridos por la pragmática de Carlos III, aún quedaban allí los jesuítas de hábito corto, valiéndose del inmenso poder de su tétrica asociación para monopolizar el comercio y toda clase de industrias: pero tales palabras no pasaron de insignificantes murmuraciones, y la baronesa de Carrillo creció siempre amparada por oculta protección, hasta que a los dieciséis años se casó, o la casaron, con el nuevo gobernador de Acapulco, noble español, algo ya entrado en años, tan licencioso y calavera en la juventud como devoto en la madurez, y a quien el Gobierno envió a Méjico para que, robando con su alto cargo a indígenas y europeos, pudiera tapar las brechas que en su fortuna habían hecho el vicio y la disipación.

Acapulco era entonces puerto de gran importancia, del que partían los convoyes marítimos a Filipinas y el gobernador, su joven esposa y aquellos comerciantes misteriosos que habían amparado a ésta en su infancia supieron exprimir bien el jugo de tal feudo que derramaba por los abiertos poros de tributos, derechos de aduanas y gabelas, chorros interminables de peluconas.