Por desgracia para niña Pepita, llegaron los tiempos en que a los indígenas les pareció muy pesado vivir unidos a una nación que les explotaba dispensándoles el gran favor de tenerlos en perpetua barbarie, y comenzó la insurrección a levantar cabeza, obligando al gobernador de Acapulco a ejercer de guerrero saliendo a campaña en busca de los rebeldes.
Algunos años permaneció indeciso el éxito de la lucha; pero, por fin, la fortuna púsose de parte de los insurrectos, y como el esposo de la baronesa había demostrado su religiosidad y buen celo realista, fusilando a cuantos revolucionarios caían en sus manos, le tocó a su vez desempeñar el papel de víctima, y al caer prisionero de sus enemigos fué macheteado de suerte que su cadáver, al ser encontrado, sólo pudo identificarse por algunos indicios.
Quedó la bella Pepita viuda a los veintiséis años, sin familia y libre, y como no era prudente permanecer más tiempo en aquel país donde la revolución ganaba terreno por instantes y se corría peligro de que se cumpliera el refrán de “lo mal ganado se lo lleva el diablo”, la baronesa púsose en camino para España, llevando en su compañía la fortuna adquirida en Acapulco y a aquel señor Antonio, su eterno protector, que abandonó los negocios por la misma razón que su protegida.
Esta historia fué conociéndola Baselga a trozos, por boca de aquel negro que la relataba de un modo incoherente y teniendo el joven necesidad de llenar con su imaginación algunos claros que resultaban en lo narrado.
El romántico nacimiento de niña Pepita—como llamaba el negro a su ama, siguiendo la costumbre de los de su raza—, el país de donde procedía y el afán de lo desconocido, excitaban en el condesito el deseo de ver de cerca a aquella hermosura de un género para él completamente nuevo, pues toda su crónica amorosa reducíase a las marquesas y duquesas de Palacio, señoras elegantes y distinguidas, pero de edad ya algo madura, gastadas como meretrices apenas se mostraban con intimidad y afligidas por dolencias que dejaban en sus cuerpos indelebles rastros.
Aquella mujer, en cuya casa estaba, había de ser algo muy diverso a las ya por él tratadas; en su amor encontraría algo nuevo y original, que hasta entonces ignoraba, y esto le hacía desear con ansia el conocerla.
Baselga amaba ya a una mujer sin haberla visto; si es que amor puede llamarse la brutal pasión con mezcla de curiosidad que dominaba a aquel atleta, a pesar de su postración física.
Había, además, en aquella mujer un nuevo atractivo, y era algo de misterioso en su vida, pues el condesito, que tenía en su memoria el catálogo de todas las mujeres jóvenes, hermosas y elegantes que residían en Madrid y que sabía al dedillo sus nombres y aun las familias a que pertenecían, no recordaba haber visto nunca en el paseo del Prado, en el teatro del Príncipe ni en ningún otro punto de reunión de la sociedad distinguida a aquella baronesa de Carrillo, que, por otra parte, no debía tener gran deseo de ocultarse del mundo, pues habitaba una casa con honores de palacio en una de las calles más céntricas de la capital.
Cavilando Baselga continuamente sobre la incógnita hermosura pasóse los días de su curación, y tan preocupado llegó a estar, que en sus diarias conversaciones con el señor Antonio ya no se cuidaba de hablar de política ni de preguntar por la situación del rey y la suerte de Córdova y demás compañeros de la Guardia, pues hábilmente quería hacer recaer siempre la plática sobre la señora de la casa; pero el astuto vejete, que miraba al subteniente desde una altura inmensa, sabía desbaratar con una sola palabra todas las artimañas preparadas por aquél para hacerle hablar.
El señor Antonio tenía buen cuidado en decir al joven todos los días que la señora baronesa se interesaba por su salud, que deseaba su pronto restablecimiento y que ya tendría el gusto de saludarlo tan pronto como se lo permitieran las conveniencias sociales; pero en el resto de la plática no nombraba más a su señora, y, además, adivinando los pensamientos del joven, procuraba que éste tampoco trajera su recuerdo a la conversación.