Llegó, por fin, el día en que el cirujano, después de examinar minuciosamente las heridas, viéndolas perfectamente cerradas y limpio de calentura al paciente, le permitió que se levantase de aquel lecho que tanto le atormentaba.
Baselga no tardó en aprovechar el permiso, y calándose una bata del señor Antonio que le prestó el negro, salió de la cama para dar algunos pasos vacilantes por la habitación e ir, por fin, rendido por tal esfuerzo y la falta de costumbre, a sentarse en un sillón colocado junto a la única ventana de aquella estancia.
A través de los verdosos cristales veíase un patio de paredes negruzcas, cuyo extremo superior estaba bañado por el sol refulgente, propio de una mañana de verano.
El subteniente, obligado por el cansancio a permanecer en aquel sillón, distinguía, mirando arriba, un pedazo de cielo azul impregnado de esa luz viva y deslumbradora que embellece hasta los lugares más tristes y la hermosura de la naturaleza penetraba hasta el fondo de su pecho, produciéndole gran alegría y despertando en su cerebro un mundo de risueñas ideas.
Baselga se sentía feliz. Experimentaba la misma impresión que el náufrago que, después de luchar con las impetuosas olas y sentir bajo sus pies el abismo, pisa el firme suelo de la playa y se considera en salvo.
Sus heridas, la proximidad de la muerte, la terrible tragedia del 7 de julio, le parecían terribles ensueños de la noche anterior; su debilidad de convaleciente era lo único que le recordaba tales sucesos; pero, en cambio, sentía su pecho repleto de la satisfacción que le causaba la vida, encontraba el mundo más hermoso que nunca, mostrábase orgulloso de su juventud y de su fuerza, y su imaginación revolvía mil planes de futura felicidad.
Parecía que uno de los rayos de aquel sol que brillaba arriba, se había deslizado en el interior del cráneo de Baselga, para dar a todas sus ideas un color de rosa.
No pudiendo resistir el joven su satisfacción y deseoso de demostrarse a sí mismo que la debilidad de la convalecencia no había de causarle tan gran cansancio, se levantó del sillón, irguiéndose con arrogancia como si estuviera en una formación de la Guardia frente a Palacio, y con un paso que quiso hacer marcial, encaminóse a un gran espejo que ocupaba casi un lienzo de pared y se miró en él de pies a cabeza.
¡Vamos! Había que reconocer que la cara no estaba del todo mal. La tez la tenía descolorida y el pelo estaba enmarañado; pero esto le daba cierto aire interesante y romántico, muy propio para causar impresión en una mujer de carácter novelesco.
Baselga, satisfecho de su rostro, bajó su vista para examinar su cuerpo y..., ¡gran Dios!, no pudo contener un grito de sorpresa y de furor al verse en tan ridícula catadura.