Para colmo de tristezas, el joven, al dar algunos paseos por la estancia notó que su pierna derecha, aquella en que había recibido el casco de metralla, no funcionaba con regularidad y al andar le obligaba a balancearse sin gracia alguna.
Estaba cojo y el descubrimiento hay que decir que espantó a aquel valiente.
El que no había temblado durante el terrible combate de la plaza Mayor, se horrorizó de pensar que su hermoso físico acababa de ser afeado por un defecto visible.
No era muy de notar aquella cojera. Algún descuido de la curación, algún tendón interesado por la herida; pero lo cierto es que el subteniente ya no podía andar con aquella gallardía que tanto le distinguía en la corte.
Otro detalle para que se malograra la conquista de aquella Pepita que era su continua preocupación.
Acabó esto por poner a Baselga de un humor endiablado, y después de rasgar en dos manotadas la mugrienta bata del viejo, se metió en cama al anochecer, echando maldiciones a la Constitución de 1812, a Riego y a todo liberal, como si en ellos residiera la culpa de lo ocurrido en aquel aciago día.
Soñando en faldas azules, que se escapaban ligeras, en carcajadas burlonas, en batas sucias que le oprimían como corazas de hierro y en batallones de guerreros cojos, pasó el joven toda la noche presa de nerviosa inquietud, y cuando un rayo de sol le despertó traspasando los vidrios de la ventana y posándose en sus ojos, lo primero que éstos vieron en su silla cercana fué algunas prendas de ropa interior de fino hilo y un uniforme nuevo y vistoso de oficial de la Guardia Real.
Baselga, para convencerse de que no soñaba, saltó inmediatamente de la cama, y cuando, tocando aquellas prendas flamantes y ricas, se convenció de que estaba despierto, sintióse dominado por infantil alegría y comenzó a ponérselas con la satisfacción del muchacho que viste por primera vez su traje de hombre.
Cuando el condesito acabó de abrocharse su casaca azul, fué a mirarse en el gran espejo y experimentó una alegría sólo comparable por lo grande al disgusto del día anterior.
Sin salir de la habitación encontró todo lo necesario para lavarse y acicalarse y con fruición deleitante usó de aquellos artículos de perfumería puestos sobre una consola dorada y que eran reconocidos por el joven como procedentes de un tocador femenil.