En Baselga, el estómago era el órgano que más parte tomaba en todas las impresiones; así es, que cuando el negro entró con un enorme canjilón de chocolate y una pirámide de bollos de Jesús, devoró el contenido de los dos platos en un santiamén; y después, con aire satisfecho, encendió un cigarrillo y se preparó a preguntar al criado algo sobre su señorita.
Pero el negro Pablo le ahorró tal trabajo, pues con aire confidencial dijo casi al oído del subteniente:
—Hoy va a tener usted una visita. Niña Pepita vendrá a verle.
—¿Cómo lo sabes?
—He oído cómo se lo decía al señor Antonio, preguntándole si estaba ya aquí el uniforme que hace unos días encomendó. El otro uniforme tuvimos que tirarlo, pues estaba roto y sucio de sangre.
—¿Y sabes si tardará mucho la visita?
—No puedo asegurarlo. Niña Pepita tiene mucho que hacer por las mañanas. Ahora está en misa y después tendrá que hablar con los padres que vienen a verla casi todos los días.
—¿Qué padres son esos?
—Niña Pepita conoce muchos curas; ellos y dos señores que vienen algunas noches, son las únicas visitas de la casa.
El subteniente iba a preguntarle más; pero en esto se oyó un lejano campanillazo y el negro recogió apresuradamente los platos y salió diciendo: