—Estaría usted graciosísima en atavío militar—dijo Baselga sonriéndose y recobrando su peculiar aplomo.

—No tanto como usted que siempre que entra en Palacio se lleva prendidos muchos corazones de los botones de su uniforme. Pero... ¿qué hace usted? Despacio, conde; no me pise el pie, que eso es costumbre de muy mal gusto, indigna de un seductor de tanto renombre.

Baselga quedó nuevamente desconcertado por aquella franqueza arisca, y ruborizándose como una niña, permaneció callado algunos minutos, mientras que Pepita le contemplaba con la superioridad de la mujer que tiene un frío imperio sobre sus pasiones y que sabe jugar con fuego sin quemarse.

—Baronesa—dijo por fin el subteniente buscando palabras para salir del paso—. A juzgar por sus palabras, usted me conoce hace algún tiempo.

—¿Quién no conoce en Madrid al conde de Baselga, la más gallarda figura de la Guardia Real, el hombre adorado por las damas más encopetadas de la corte?

—Parece baronesa, que se burla usted de mí al hablar en ese tonillo.

—Todo pudiera ser, señor Matamoros. ¡Eh! ¿Va usted, acaso a desafiarme?

—Hermosa baronesa: usted está autorizada para burlarse cuanto quiera de mí, para tratarme como un perro, para hacerme pedazos si quiere, porque yo le debo la vida, y aunque no...

—Usted nada me debe—interrumpió la baronesa—. Lo que por usted he hecho es un servicio propio entre correligionarios, y... nada más. Pero, continúe usted. Estábamos en el preludio de la declamación. Continúe usted y procure no turbarse, como sucede a los cómicos sin experiencia.

—Búrlese usted cuanto quiera, pero óigame. Decía yo que aunque no le debiera la vida, podría usted disponer de mi persona como de la de un esclavo, porque yo ya no soy dueño de mis acciones, porque yo...