—¡Yo... la amo!—dijo Pepita, riendo como una loca y levantándose del sillón para remedar la actitud de Baselga, que era la de un actor amanerado.
—No está mal, señor conde—continuó mirando burlonamente al joven—. Para ser un militar poco versado en literatura, según creo, sabe usted decir cosas muy bonitas; ahora sólo le falta comparar su amor al himno de un pájaro, al murmullo de una fuente o al susurro de un bosque, y que me maten si no parece usted el galán de una comedia de don Pedro Calderón.
Baselga volvió a quedar anonadado por la sempiterna ironía de aquella mujer, y únicamente supo decir con voz balbuciente:
—¿Se burla usted?
—¿Qué me he de burlar? Lo que estoy es admirada de la facilidad con que usted se enamora y de la manera original y distinguida con que sabe expresar su pasión. ¡Ah, gran calavera! Por eso tiene usted tanto partido entre las mujeres; con tan dulces palabras y algún pisotón que haga ver las estrellas no hay beldad que se le resista. ¿Es así como usted conquista a las duquesas de la corte?
Y la baronesa, al decir esto, se paseaba por la estancia lanzando carcajadas sonoras y deteniéndose algunas veces frente al espejo para echar sobre su persona una furtiva mirada.
Baselga estaba asombrado. Nunca había llegado a imaginarse una mujer como aquella y se sentía humillado ante el genio burlesco de la baronesa, que le dejaba cortado y balbuciente como un cadete.
Las continuas heridas que Pepita abría en su amor propio excitaban aun más su naciente pasión; pero esto no evitaba que se sintiera avergonzado por su derrota y que permaneciera en su asiento encogido y tal vez deseando que se abriera la tierra y lo tragara para no servir más de diversión a la burlona baronesa.
Cuando ésta se cansó de reír, acercóse algo sofocada al cabizbajo subteniente, y con acento cariñoso le dijo, tocándole en un hombro:
—¿Se ha enfadado usted acaso? Reconozco que he sido cruel; pero... ¿qué quiere usted? Este carácter maldito me obliga muchas veces a indisponerme aun con las personas que más estimo. Vaya, todo acabó; perdóneme usted, y en prueba de reconciliación y perpetua amistad, permito que bese usted mi mano.