Y la baronesa avanzó una mano de piel satinada, tibia y con graciosos hoyuelos, de la que se apoderó rápidamente el condesito, llevándola con avidez a su boca.
No fueron uno ni dos los besos que la dió Baselga, y poco a poco los labios se deslizaron al antebrazo, y aun hubieran llegado más arriba a no soltarse Pepita meced a un fuerte tirón, quedándose en guardia con la diestra levantada y en actitud graciosamente amenazante.
—Cuidadito, Baselga—dijo la hermosa con tono irritado y dulce—. Mire usted que puedo enfadarme y entonces soy terrible.
Y Pepita, como para demostrar que era verdad lo que decía, dió al joven una cariñosa bofetada que le supo a gloria.
—Ahora, siéntese usted—dijo la joven volviendo a ocupar el sillón—y hablemos como buenos y tranquilos amigos. ¿De dónde le ha venido esa rápida pasión que parece haberse creado con sola mi presencia?
—Baronesa, yo la amo hace ya muchos días.
—¿Sin haberme visto hasta ahora? Mire usted; eso sólo puede pasar en las novelas, y si sigue usted por ese camino, volveré a reírme. ¿Sabe usted, acaso, quién soy yo?
—Sí, una mujer enloquecedora a quien amo y debo la vida.
—La vida se la deberá usted al cirujano; pues yo, como antes he dicho, no he hecho más que socorrer a un héroe de mi mismo partido. Porque yo, sépalo usted bien, aunque parezca una mujer superficial, mordaz y casquivana, soy muy realista, muy católica y muy enemiga de esa canalla liberal. Para mí, después de Dios y de su representante en la tierra el Papa, sólo hay una persona sagrada, que es el rey.
—Y para mí también—se apresuró a decir Baselga para estar en consonancia con su adorada, que hablando de tales cosas se ponía tan seria como un diplomático.