—Ya sé que es usted un decidido defensor del absolutismo, y de ello ha dado buenas pruebas. ¡Lástima grande que tan buen muchacho tenga el feo vicio de hacer el amor a la primera mujer que encuentra!

—Eso no es verdad. Yo la hago el amor a usted, porque la adoro.

—¡Hombre! No diga usted disparates. Usted me ha visto por primera vez hace poco rato, e inmediatamente, sin tomarse ni tiempo para respirar, me ha espetado su declaración, que tiene aprendida de memoria y que suelta a todas cuantas ve.

—No es cierto. Yo no he amado nunca; yo, es el primer día que me siento dominado por la pasión.

—Cuénteselo usted a su abuela. ¿Conque no ha amado usted nunca? ¿Y dónde se deja a cierta airosa manola de la Ribera de Curtidores?

—Eso ha sido un entretenimiento sin consecuencias, y del cual apenas si me acuerdo.

—Pero no olvidará usted a la duquesa de León, dama de la reina y que tanto cuidado se toma por que sea usted el oficial más rumboso y bien vestido de la Guardia.

—Está usted tan enterada de mi vida—dijo Baselga sonriéndose—como yo mismo. ¿Es que hace tiempo me espía usted? Esto casi me haría creer que mi humilde persona es objeto de interés y que usted...

El condesito se detuvo indeciso, como si no se atreviera a terminar su pensamiento; pero la baronesa, lanzando nuevamente su sonora carcajada, exclamó:

—¡Habráse visto mayor mamarracho! Sin duda ha llegado a imaginarse, lo que menos, que yo le amo hace mucho tiempo en secreto y que procuro enterarme de su vida. Pues, hijo, está usted en el mayor engaño, y ahora me he convencido de que es verdad lo que las gentes dicen de usted.