—¿Y qué dicen de mí?—preguntó Baselga con acento de susceptibilidad herida.
—Pues que el condesito de Baselga es un buen muchacho, aunque muy ignorante y muy fatuo.
El subteniente se ruborizó hasta las orejas e hizo un gesto con el que parecía decir: “Eso no lo dirá ningún hombre delante de mí.”
En aquel momento sonaron las doce en el reloj de San Felipe y cada una de las campanadas parecía que iba borrando del rostro de Pepita aquella expresión burlona y mundanal que la caracterizaba.
Púsose seria, alzó los ojos al cielo, juntó las manos como una Purísima de Murillo, y con voz débil y gangosa, propia de un locutorio de convento, murmuró:
—A esta hora y a todas horas, sea bendito y alabado el Santísimo Sacramento en el altar.
Y a continuación rezó contritamente tres padrenuestros que fueron contestados por Baselga, aunque no con tanta devoción.
El joven estaba admirado y no sabía cómo calificar a aquella mujer que tan pronto se colocaba en actitudes provocativas, marcando sus espléndidas formas, como rezaba padrenuestros, y que entre dos carcajadas hablaba del monarca con tanta seriedad que daba a entender un fanatismo realista a toda prueba.
Comenzaba el subteniente a experimentar cierto respeto ante aquella hermosura que tenía el ambiente misterioso de las diabólicas apariciones de las leyendas.
Pero no duró mucho tiempo la actitud estática de la baronesa, pues su rostro volvió a adquirir la habitual expresión, y mirando burlonamente al joven, dijo: