—Quedamos en que usted decía...

—Baronesa, yo no decía nada; usted es la que de un modo gracioso me llamaba ignorante y fatuo.

—Y lo es usted, pues sus actos se encargan de demostrarlo. Sólo a un ente superficial se le ocurre hacer el amor a una mujer a quien no conoce. Bien andaría el mundo si todas las mujeres que recogen por compasión o por deber a un herido, hubieran de enamorarse de él. Vamos a ver, ¿quién soy yo? ¿Sabe usted algo de mi vida?

—Baronesa, yo creo conocer la historia de usted.

—Indudablemente, el negro Pablo le habrá distraído durante su curación relatándole un cúmulo de majaderías. Es un charlatán a cuya lengua impondré correctivo. Pero aunque usted crea conocer mi vida, eso no impide que sea una chiquillada el hacerme el amor a primera vista. Además, usted no se ha fijado en que hay desigualdad de edades, porque yo tengo cuatro o cinco años más que usted.

—El amor no reconoce edades.

—Ya lo sé—repuso la baronesa riendo con crueldad—; y por esto ama usted a la duquesa de León, que ya pasa de los cuarenta.

El recuerdo de la duquesa trajo sin duda a la memoria de Pepita los uniformes que aquélla regalaba a Baselga, y fijándose en el que ahora llevaba éste, preguntó:

—¿Qué le parece a usted ese uniforme?

—¡Ah, baronesa! Es una atención más que tengo que agradecer a la hermosa protectora que ha salvado mi vida.