—Nada de agradecimientos, pues el tal regalo ha sido por egoísmo, estimable conde. Para recibir la visita de una dama, había de encontrarse usted presentable, y ayer, permítame que le diga que estaba espantosamente ridículo con aquella bata sucia y estrecha.

El joven ruborizóse al recordar la grotesca aventura, y Pepita, como para consolarle, añadió:

—Hoy está usted muy guapo. De seguro que la duquesa se extasiaría contemplando a su lindo adorador. Pero, ¡calle!; falta una prenda que de seguro ese imbécil de Pablo habrá olvidado. Voy por ella.

Y la baronesa, antes de que Baselga pudiera oponerse, salió corriendo de la habitación, exhibiendo una vez más, con el menudo y acelerado paso, sus excitantes formas.

El condesito estaba tan anonadado por las continuas zurras que a su amor propio había dado aquella mujer con su inagotable ironía, que al quedarse solo no pensó en nada, pues parecía que la más absoluta estupidez se había apoderado de su cerebro.

No tardó en oírse el paso ligero de Pepita, que entró en la habitación agitando sobre su cabeza dos magníficas charreteras de oro.

Baselga, apenas las miró, dijo con la seriedad propia del militar que teme cometer una grave falta:

—Baronesa, eso no me sirve. Yo no soy más que subteniente, y esas charreteras son de capitán.

—Póngaselas usted y calle.

—Pero, baronesa, eso sería faltar a mis deberes, exponiéndome a un castigo, y yo no quiero hacerme reo usurpando una categoría que no tengo.