—Es usted muy tenaz, y si tan testarudo se muestra en hacerme el amor, casi acabará por rendirme. Vamos a ver: si yo le hubiera dejado hablar al hacerme la declaración, ¿no habría acabado por llamarme reina de belleza, como siempre dicen los adoradores ramplones en tales casos? Pues bien; yo, la reina, tengo a bien hacer a usted capitán.
—Baronesa—dijo Baselga poniéndose serio—; las cosas del ejército son demasiado graves para jugar con ellas.
—Y usted es un fatuo testarudo con el que no se puede hablar. ¿Cree usted que yo hago las cosas a ciegas? ¿O es que acaso ha llegado usted a imaginarse que sólo conocen al rey los oficiales de la Guardia Real?
—¿Qué quiere usted decir con eso?
—Quiero decir que nuestro señor, el rey don Fernando VII, en premio a su heroico comportamiento en la jornada del día 7, le nombra a usted capitán; gracia que le será reconocida el día en que los buenos servidores de Su Majestad barran de España eso que se llama Constitución. Yo, en representación de la augusta persona, confiero a usted tal empleo.
El condesito fué a protestar de aquello que le parecía farsa de mal gusto, o una de las muchas bromas a que tan aficionada se mostraba la baronesa; pero vió en el rostro de ésta tal expresión de seriedad, que se tranquilizó, y más cuando Pepita dijo para acabar de disipar sus dudas:
—Póngase usted las charreteras, señor capitán, que yo seré responsable de cuantos perjuicios puedan sobrevenirle por eso que usted cree usurpación de empleo.
Y luego añadió con expresión de orgullo y altivez:
—Obedeciéndome a mí, obedece usted al rey.
Baselga, subyugado por aquella mujer original que tan pronto reía y bromeaba con gran descoco como hablaba de política y tomaba aires de soberana, obedeció sus órdenes y colocó las charreteras sobre sus hombros, ayudado por Pepita, que más de una vez rozó sus robustos pechos con los brazos del joven.