No debió ser éste manco ni corto de genio, por cuanto la hermosa, tomando aquella actitud de ofendida sonriente que tan bien le cuadraba, exclamó levantando su manecita:

—Cuidado, don Fernando. Mire usted que si me enfado de veras, va usted a acordarse por mucho tiempo.

—Baronesa, es usted irresistible, y aunque me amenazara con los mayores castigos, me sería imposible permanecer quieto.

—Yo encontraré un remedio para su impresionabilidad. Me voy, y hasta mañana, en que podrá salir de esta habitación y comer con nosotros, no me verá usted.

—¿Y sería usted capaz de dejarme solo tanto tiempo?

—Hijo mío, aunque usted me crea una mujer superficial y casquivana, tengo muchas ocupaciones y no puedo disponer a mi antojo del tiempo. La comida me espera, y después tengo que recibir algunas visitas.

—¿Y se va usted así? ¿Sin dejarme la más leve esperanza?

—¿Qué es lo que usted quiere, hermoso condesito?

—Linda baronesa, oír de su boca que no le soy indiferente; saber que me ama.

—Mire usted, Baselga; es usted muy niño, y aunque yo no sea una abuela, allá va un consejo; para conquistar el corazón de una mujer lo de menos es amar; lo importante es hacer méritos para ser amado.