La superiora continuaba en tanto impasible, con el aire de una persona que oye cosas que no entiende.

El desconocido tomó tal expresión por una muestra de extrañeza y dijo sonriendo con melancolía:

—No extrañe usted, señora, que casi me ponga a llorar. Aquí donde usted me ve, me he conmovido muy pocas veces, y eso que en más de una he visto la muerte de cerca. Pero ya puede usted considerar lo que es un padre que en muchos años no ve a su hija, y... además, no sé si el beso que ahora la dé será el último.

Y el caballero, que luchaba por serenarse, pareció sentir nuevo enternecimiento.

Entretanto la monja despegó los labios y dijo con la solemnidad de una antigua sibila:

—Debo manifestar a usted que no entiendo lo que dice ni a qué hija se refiere.

El interpelado se incorporó en su asiento con nervioso arranque, manifestando en su mirada la mayor extrañeza; pero después pareció reflexionar, y sonriendo, dijo:

—Es verdad; usted dispense, señora. En mi cariñoso aturdimiento he olvidado manifestar a usted a quién quiero ver y cuál de sus educandas es mi hija. Mi hija es...

—Ante todo, caballero—dijo la superiora interrumpiéndole—. Es la primera vez que veo a usted y, por tanto, excusado es preguntarle si ha sido usted el que ha traído a este colegio a la señorita en cuestión.

—No la he traído yo.