—Ni la habrá conducido aquí alguien por encargo expreso de usted.

—No, señora.

—Pues ninguna de las educandas de la casa se encuentra en tal caso. Todas están aquí por la voluntad y disposición de sus padres o de las personas encargadas de su vigilancia.

—Señora, acabemos, y a ver si logramos entendernos. Yo vengo en busca de María Alvarez y Baselga, que es mi hija.

La monja hizo como quien repasa su memoria con gran detenimiento, y después dijo con sequedad:

—No hay aquí ninguna educanda de tal nombre.

—Señora—contestó el caballero con voz que iba inflamándose y tomando una entonación enérgica—, no perdamos el tiempo y vayamos rectamente al asunto. Aquí está la joven de quien hablo y necesito verla; si es que para entendernos debemos ir discutiendo apellidos, le preguntaré, ya que así usted lo quiere, en vez de por la señorita Alvarez, por la señorita Quirós.

Y al nombrar este apellido, recalcó las letras con cierta amargura despreciativa.

—Eso es diferente—dijo la superiora—. Aquí está como educanda hace tres años, la señorita María Quirós y Baselga, condesa de Baselga, pero yo ignoro con qué derecho quiere usted verla.

—Soy su padre.