Eran ya más de las nueve; la luna alumbraba el otro lado de la calle, dejando envuelta en la obscuridad la fachada de la casa, y transitaba poca gente, pues era noche en que por ciertas agitaciones políticas del momento, la gente bullanguera estaba aplaudiendo en los “clubs” patrióticos a los oradores más fogosos. No había, pues, peligro de que Baselga fuera reconocido por algún transeúnte.
Pepita estaba adorable puesta de pechos al balcón y contemplando con soñolienta mirada aquel trozo de cielo azul que parecía un toldo tendido entre los tejados de ambos lados.
Desde aquel balcón no se veía la luna, pero su luz daba un tinte blanquecino al azulado éter sobre el cual los titilantes astros destacaban sus cuerpos de inquieto brillo, semejantes a las pupilas de un niño martirizadas por extraordinario resplandor.
Era una de esas noches en que se siente con más fuerza que nunca el deseo de vivir y en las que debe ser más dolorosa y desesperante la llegada de la muerte; noches en que la inspiración, despertada por el tibio ambiente de la naturaleza, sale de la mansión de lo desconocido y desciende sobre el cerebro humano, o en que el amor se infiltra en la sangre para conmover los cuerpos jóvenes y exuberantes de vida con agudos pinchazos de pasión que hacen desperezarse hambrienta la bestia carnívora que todos llevamos dentro de nuestro ser.
Baselga se encontraba a sí propio desconocido. Sentía una dulce embriaguez y un abandono voluptuoso y hasta le parecía que iba a caer nuevamente en el feo vicio de hacer versos.
Aquel viento caliente que cada vez que abría la boca se colaba hasta el fondo de su pecho, le enardecía la sangre y le producía igual efecto que si estuviera en una de las alegres francachelas con sus compañeros de batallón apurando a docenas las botellas.
En la agradable obscuridad que envolvía al balcón, percibía el opaco perfil de aquel rostro encantador y sentía impulsos de morder sus labios frescos y sensuales y la barbilla, partida por delicioso hoyuelo.
Su olfato aspiraba con delicia el perfume embriagador que exhalaba aquel cuerpo robusto, incitante y de artística exuberancia, cubierto por un vestido de verano de traidora sutilidad, pues al más ligero roce dejaba adivinar la tersa finura de aquellos miembros ocultos como misterioso tesoro.
Baselga se apoyaba cada vez con más fuerza sobre el hermoso busto, y una de sus manos, deslizándose por la barandilla, fué a buscar otra de las de Pepita, oprimiéndola con fuerza así que la encontró.
La baronesa, faltando a su costumbre, no protestó; dejó hacer a su adorador, y hasta le pareció a éste que aquella mano tibia y satinada correspondía a sus amorosos apretones, sin que por esto la dueña dejara de mirar al cielo.