—¡Si supieras cuánto te amo!—murmuró Baselga con voz tenue al mismo tiempo que doblaba su cabeza descansándola sobre el hombro de Pepita.

Esta salió entonces de su celeste contemplación, y volviendo los lindos ojos, miró al condesito de soslayo con expresión de cariño.

—¡Oh!, ¿me amas?, ¿me amas?—preguntó el joven con entusiasmo, creyendo adivinar la expresión de aquella mirada.

Pepita parecía poseída por la misma embriaguez que su adorador, y éste, siguiendo su instinto o como queriendo aprovecharse de aquella excitación que la contemplación de la Naturaleza producía en la hermosa, rodeó con su brazo la gentil cintura, atrayendo a la baronesa sobre su pecho.

Pero aquella caricia produjo en Pepita un efecto semejante a una descarga eléctrica.

Conmovióse todo su cuerpo con rápido estremecimiento, agitó su cabeza como si despertara de un pesado sueño y se separó del joven con rudo empuje, yendo a colocarse al otro extremo del balcón, en la actitud sombría propia de una mujer ofendida.

—Fernando—dijo con voz vibrante por la cólera, después de contemplar con cierto ceño al condesito—. Eres un hombre enfadoso por lo tenaz, y acabaré por aborrecerte si persistes en tu conducta.

—Señora, yo...

—Háblame de tú, como antes lo has hecho. ¿No te satisface esta concesión? Tuteémonos ya que nos amamos.

—¡Por fin! ¡Oh, felicidad! ¿Tú me amas?