—Sí, te amo; ¿para qué seguir ocultando tanto tiempo mi pasión? Te amo, pero no te acerques tanto; no pretendas arrancarme por la fuerza una sola caricia, porque te aborreceré.
—¿Por qué tan esquiva?
—Respeta los caprichos de mi carácter. Soy una loca, pero conviene que sepas que aquel hombre que por mí quiera ser amado, tendrá que considerarse siempre inferior a mi persona y obedecerme en todo. Si yo me diera por vencida y cayera trémula, pasiva y sin voluntad en tus brazos, yo tendría que ser tu esclava en vez de tu señora.
—Yo seré a tu lado todo cuanto quieras: tu esclavo, tu servidor en cuerpo y alma; dispón de mí como gustes, pero no huyas, no me arrojes lejos de ti, me abraso..., ten compasión de mi amor.
Y Fernando adelantó algunos pasos; pero Pepita fué retrocediendo hasta llegar a un extremo del largo balcón, y levantando su diestra, dijo con voz que tenía algo de rugido:
—¡Si avanzas más, te abofeteo como a un esclavo! ¿Crees tú que a mí se me conquista por el sistema aprendido en el Cuerpo de guardia? ¿Te figuras que a una mujer como yo se la domina con cuatro suspiros y oprimiéndola por la cintura? Soy dueña absoluta de mis pasiones y me avergonzaría de que éstas me dominaran alguna vez. Yo mando en mi voluntad sin que ésta logre dominarme nunca, y aunque te amo, me creería deshonrada si cayera en tus brazos sin darme exacta cuenta de ello. Yo seré tuya cuando me plazca y no cuando lo quiera el amor.
—¿Qué debo hacer, pues?
—Esperar.
—Es imposible; me devora la impaciencia. Además, tú eres muy loca, y ¿quién me garantiza que mañana me querrás lo mismo que hoy?
—¡Imbécil! Una mujer como yo sólo ama una vez, y el hombre que logra interesarla puede estar seguro de su felicidad.