—¿Y tú me amas así?

—Mucho antes de que tú cayeras herido a la puerta de esta casa y de que lograras conocerme, ya tu nombre había llegado a mis oídos, y mi curiosidad me había arrastrado a conocerte personalmente. Te conozco muy bien, y el amor no realza a mis ojos tu persona. Sé que eres un inocente lleno de fatuidad, que te crees irresistible por tu fama de espadachín y algunas fáciles conquistas; pero a pesar de todo hay en ti algo que para mí te distingue de los demás hombres, y te amo. No tengo inconveniente en manifestártelo: te amo.

—¡Angel mío!—exclamó Baselga, halagado por aquel “te amo” tan encantador, y avanzando nuevamente.

—¡No te acerques, o te golpeo! Si quieres que te aborrezca, no tienes más que desobedecer mis mandatos. Esta situación es insostenible para ti, que eres impaciente, y para mí, que la encuentro ridícula. Retírate, que en tu habitación te aguardará Antonio. Habla con él de política, intenta distraerte y espera, procurando no ser importuno.

—¿Y cuándo seré feliz? ¿Cuándo podré llamar mía a la mujer que me ama?

—No tengas prisa y consuélate con la esperanza de que he de ser tuya antes que de otro. El día en que me encuentres más fría, más desapasionada, más dueña de mi voluntad, entonces será cuando me arrojaré en tus brazos. La hora de mi caída no la habéis de determinar ni tú ni el amor: he de señalarla yo misma; yo, a quien de hoy en adelante obedecerás con la fidelidad pasiva de un ser sin voluntad.

VIII

Una sorpresa.

Llegó, por fin, para el impaciente Baselga la hora de su felicidad, que fué aquella en que se contempló dueño de la mujer ansiada.

Después de la nocturna escena en el balcón, transcurrieron aún muchos días sin que la baronesa se mostrara dispuesta a acceder a los deseos del condesito; pero por fin, éste se consideró dichoso viendo, cuando menos lo esperaba, caer en sus brazos el ansiado tesoro de belleza.