—¡Señor!—murmuró Baselga con la mayor confusión, haciendo una gran reverencia.

Entretanto, el duque de Alagón se rascaba los hombros en actitud compungida, como para borrar las huellas que en ellos habían dejado los dedos de Baselga, y su amo, sin cesar de reírse, le dijo con voz algo gangosa:

—Duque, ¡vaya un pedazo de bruto que tienes por pariente! Este jayán te paga los beneficios a coscorrones.

—Señor—dijo el joven con humildad—, perdóneme Su Majestad este arrebato.

—Necesitado estás de perdón, pues tal manera de presentarse es impropia de un oficial de mi Guardia, y más en casa de una señora. ¿Es así como correspondes a la hospitalidad de la baronesa de Carrillo?

Baselga hubiera querido desaparecer como por ensalmo, pues estaba pasando uno de los ratos más malos de su vida. Verse amonestado duramente por su rey, y puesto en ridículo ante la mujer querida, constituía una situación demasiado fuerte para aquel realista y enamorado.

—Di, incorregible calavera—continuó el soberano—. ¿Te parece bien venir a estorbar los negocios de tu rey con tales escándalos?

—Señor—contestó Baselga, que buscaba una ocasión de lucir su realismo a toda prueba—, si yo hubiera sabido que aquí se encontraba mi rey y señor, me hubiera guardado de entrar sin ser llamado.

—Así lo creo, y terminemos esta cuestión que tanto disgusto me causa. Te veo con charreteras de capitán, lo que demuestra que no has andado tardo en gozar el premio que te concedí a instancia de esta linda señora por tu heroísmo en el 7 de julio.

—Señor, vuestra majestad es muy magnánima conmigo.