—Ahora sólo te falta justificar ese ascenso con nuevas hazañas. Con vuestra desgraciada sublevación me habéis puesto en tremendo compromiso; los liberales me martirizan más que nunca y necesito de buenos servidores como tú que vayan a ponerse al frente de los fieles vasallos que en varias provincia se baten, formando las bandas de la Fe.

—Su majestad—dijo el conde con cierta fiereza—me tiene a sus órdenes como firme servidor. Mi sangre y mi espada están a su disposición.

—Bueno, retírate, y mañana recibirás órdenes mías. Procura en adelante tener la cabeza menos ligera y no comprometer con irreflexivos ímpetus el honor de una respetable dama.

El rey, en señal de despedida, tendió su mano al capitán, que con cara compungida, después de hincar una rodilla en tierra, la besó contritamente. ¡Pícara imaginación! ¿Pues no le pareció poco rato después al loco Baselga que aquella mano tenía algo del perfume gentil del cuerpo de Pepita?

El conde salió de la estancia acompañado del de Alagón, y entonces, Fernando, inclinándose con cierto garbo manolesco sobre la hermosa baronesa, que durante la anterior escena no había cesado de reír, exclamó:

—¡Chica! No has tenido mal gusto. Ese condesito es un animal, propio de tu carácter. Vais a formar una adorable pareja de locos; cada uno de género distinto.

—Le tengo alguna voluntad, tal vez por lo fácilmente que se amolda a todos mis caprichos. Es un matachín tan valeroso como inocente, lo que no impide que se tenga por un calavera consumado.

—Sin embargo, creo que después de esta escena no va a tener gran fe en ti y que te será difícil hacerle tu marido.

—Ya se encargarán de esto los buenos Padres.

—Buenos ayudantes tienes. ¿Qué no se logrará con su apoyo? A ellos debo la dicha de conocerte.