—Vuestra majestad está esta noche muy galante.

—Mi majestad lo que está es muy aburrido de ver que para que des un beso es necesario pedírtelo.

Sonó un beso tan fuerte, prolongado y escandaloso, que todavía lo hubiera oído Baselga a no estar en aquel instante hablando con el duque de Alagón.

Cuando los dos nobles llegaron al extremo del corredor, que poco antes habían pasado furiosamente agarrados y topando con las paredes, el capitán se paró para decir con ansiedad a su ilustre pariente:

—Pero tío, ¿qué es esto?

—Sobrino: cosas en las que harás muy bien en no mezclarte, si es que quieres ser fiel cortesano y buen realista. Y ahora que estamos solos, te advierto que si no fuera porque la violenta escena de antes no ha tenido más testigos que el rey y esa señora, a pesar de ser mi pariente y de toda tu fama de espadachín, te batirías mañana conmigo.

—Algo imprudente he estado, lo confieso; pero sepa usted que esa mujer me pertenece.

—Lo sé perfectamente, y también lo sabe el rey.

—¿El rey?... Pues entonces, ¿a qué viene aquí?

—Sobrino—dijo Alagón dando a su voz un tono misterioso—. A ti se te puede decir, pues eres de casa. La señora baronesa de Carrillo tiene un talento político de primer orden, y el rey viene aquí muchas noches a que le dé consejos sobre los actuales conflictos.