Había devota que oyendo las palabras del padre Claudio quedaba extasiada en la contemplación de su tez fresca y transparente y de sus cabellos de un rubio apagado, pero brillante comparándolo mentalmente con el ángel Miguel y demás elegantes de la corte celestial.

Sólo un detalle venía a afear aquel rostro, modelo de bondad y hermosura angélica. Los que le trataban con cierta confianza sabían que su frente se contraía en ciertos momentos con coléricas arrugas, y que sus ojazos azules, cándidos y casi inmóviles, en muchas ocasiones dejaban pasar por su fondo rápidos chispazos de una ira tan intensa que asombraba y permitía adivinar en sus pupilas, en los instantes de alegría, una ambición que por lo inmensa causaba miedo.

Semejantes a esos mares tranquilos y risueños, cuna de belleza y de poesía que, cuando se alteran con el viento de la tempestad son más terribles que el Océano, aquellos ojos imponían, cuando, despojándose de su falsa expresión, transparentaban las pasiones que se agitaban en el cercano cerebro.

El padre Claudio era un hombre terrible, que unía con pasmosa habilidad la bondad con el odio, la sencillez con la astucia y la humildad con una ambición sin límites.

Aquel “dandy” de sotana era semejante a las pequeñas víboras de las selvas índicas, que escogen siempre por nido la corola de una flor.

Para él nada había imposible, ni retrocedía ante obstáculo alguno. Todo cuanto le era útil, lo tenía inmediatamente por moral, y de aquí que reparara poco en los fines de sus empresas, fijando únicamente su atención en los medios, pues tenía cierta preocupación de artista en su modo de obrar.

Aborrecía el ruido, el escándalo y los procedimientos brutales tanto como era partidario de la cautela, la sagacidad y los golpes rápidos y silenciosos.

Para el padre Claudio el rey de la Naturaleza no era el león, sino la serpiente, y le inspiraba más admiración el avance traidor, rastrero y espeluznante de ésta que el ataque brutal, pero franco e instintivo de aquél.

Pertenecía a la misma categoría que Nerón y demás delincuentes artistas que encubrieron sus más tremendos crímenes bajo un manto de belleza.

El padre Claudio era capaz de asesinar, con tal de que la hoja del puñal estuviera cubierta de rosas.