Esta quintaesencia de maldad le hacía ser más respetado y temido por sus compañeros y subordinados, y por otra parte, sus prendas físicas y aquel carácter de apóstol que tan a la perfección le disfrazaba, valíanle una admiración sin límites entre sus amigos devotos que ponían sus conciencias bajo la absoluta dirección del hermoso padre.

En casa de Pepita, don Claudio imperaba como un soberano; el señor Antonio mostraba ante él una servil humillación que ni el más adulador lacayo podía tener a su alcance, y hasta la casquivana baronesa no osaba en su presencia dejar la menor libertad a su estrafalario carácter, y acogía con aspecto contrito las dulces reprimendas que el padre tenía a bien dirigirla.

También en Baselga causaba gran impresión aquel cura elegante que apenas si tendría seis años más que él.

El condesito admiraba la finura de sus ademanes, su carácter simpático y su gran ilustración; pero aún había en su persona una cosa que le subyugaba más, y era que en ciertos momentos tenía el empaque de un caudillo, y el oficial de la Guardia profesaba admiración y respeto a todos esos hombres especiales que son enérgicos sin manifestarlo y parecen nacidos para mandar.

Tres o cuatro veces había comido con el padre Claudio en casa de Pepita y casi sintió tanto como ésta el que no fuesen más frecuentes las visitas del cura, pues le eran tan simpática su conversación sencilla, pero amena, como enojosa la presencia de los otros clerigotes, por lo regular groseros y bruscos en sus palabras y modales.

Cuando Baselga entró en el salón de visitas, el padre Claudio se levantó del sillón que ocupaba en un rincón oculto bajo la sombra.

El quinqué colocado sobre el ligero velador tenía puesta de tal modo la pantalla que bañaba con viva y rojiza luz medio salón, dejando la otra parte envuelta en la más densa obscuridad.

Besó el capitán aquella mano blanca fina y casi femenil que le tendió el cura con graciosa amabilidad, y se sentó, obedeciendo su indicación, junto a la lámpara que hacía resaltar todos los detalles salientes de su rostro enérgico.

Sacó el padre Claudio de una petaca de oro, cubierta de filigranas, dos cigarrillos casi microscópicos, que olían a perfumes de tocador más que a tabaco, y después que vió arrojar al militar las primeras bocanadas de humo, dió principio a la conversación.

—Señor conde, vengo de parte del rey, que, según creo se dignó hace poco tiempo anunciaros que os comunicaría pronto sus órdenes.