—Así es, padre Claudio. S. M. me honra distinguiéndome entre sus más fieles vasallos.

—El señor don Fernando (que Dios guarde)—y al decir esto el cura, a pesar de encontrarse casi invisible en la sombra, se inclinó por la fuerza de la costumbre—desea auxiliar por cuantos medios pueda a los buenos españoles que en Navarra, en Aragón y en Cataluña luchan por los santos derechos del Altar y el Trono, y para esto necesita del apoyo de todos sus leales servidores.

—Dispuesto estoy a obedecer sus órdenes. Mi vida es suya por completo.

—El rey tiene la certeza de ello, y por esto le designa a usted para que sea portador de varios encargos que envía a los defensores de la Fe, y al mismo tiempo ordena que se una usted a esas legiones de esforzados defensores de la legitimidad, con la seguridad de que allí será más útil su espada que en otro cualquier lugar.

—Dispuesto estoy a obedecer. ¿Cuándo tengo que partir?

—Mañana al romper el día. Debe usted agradecer al soberano esta determinación respecto a su persona. Aquí peligra su vida, y la Policía por un lado y los patriotas por otro, buscan a usted, tanto en Madrid como fuera de él, ganosos de castigarle como a uno de los principales promovedores de la jornada del 7 de julio. ¿Se acuerda usted del teniente Goiffeaux?

—Sí; un buen muchacho francés que pertenecía a mi mismo batallón. Es grande amigo mío; ¿qué ha sido de él?

—La semana pasada fué ajusticiado en la plaza de la Cebada, como autor del asesinato perpetrado a las puertas de Palacio en la persona del capitán Landaburu. Calcule qué sería de usted si fuera descubierto por esos furiosos liberales que tienen al conde de Baselga por el principal autor de tal hecho.

El joven capitán, a pesar de su carácter tan enérgico como ligero, no pudo menos de sentirse impresionado por el trágico fin de su amigo, y quedó durante algunos instantes silencioso y como en profunda reflexión. Por fin, rompió el silencio para preguntar:

—¿Y qué misión es la que me confiere el rey cerca de los caudillos de la Fe?