—Su Majestad desea que usted sea portador de cincuenta mil duros pertenecientes a la asignación que le da el Gobierno liberal y que él con un desprendimiento digno del mayor elogio destina a la formación de nuevas partidas realistas en el Alto Aragón que nos libren pronto de la maldecida Libertad. Usted se pondrá al frente de las que se vayan creando y de seguro que con una brillante campaña hará méritos para ser recompensado largamente por el soberano el día en que triunfe la buena causa.
Baselga, a quien el combate de la plaza Mayor, su amistad con Córdova y hasta el roce con Pepita habían hecho bastante ambicioso, soñaba desde poco tiempo antes con la gloria guerrera; así es que recibió con el mayor gozo aquel tácito nombramiento de caudillo del absolutismo.
—Padre Claudio—dijo con arrogancia y transparentando en sus ojos el entusiasmo que le dominaba—. Si habla vuestra reverencia con el rey, dígale que podrá tener servidores que valgan más que yo; pero tan entusiastas y decididos al sacrificio, ninguno. Iré donde me mandan y volveré vencedor más pronto o más tarde, pues de lo contrario seré un mártir más entre los innumerables que han dado su vida por la buena causa.
—¡El Dios de los ejércitos irá contigo y te protegerá!—dijo don Claudio con cierto aire de inspirado, y extendiendo su mano de dama dió la bendición al capitán.
El sacerdote, durante la anterior conversación había estado desde el fondo de la obscuridad observando aquel rostro brutal pero franco, en el que tan claramente se transparentaban las internas impresiones, y con exacto conocimiento de la situación, creyó muy del caso la reciente invocación bíblica que acabó de entusiasmar al inculto cruzado del fanatismo.
Baselga quedó como reflexionando bajo el peso de aquella santa bendición, y el clérigo dijo al poco rato:
—Mañana saldrá usted de Madrid al amanecer, precedido de un hombre de confianza que vendrá a buscarle, y fuera de las puertas encontrará un carruaje de camino bajo cuyos asientos, y en onzas de oro, estarán los cincuenta mil duros. El mismo hombre le dará cartas del rey para sus defensores en Aragón. De preparar a usted para que salga de Madrid sin ser conocido, se encargará el respetable administrador de la señora baronesa, quien le afeitará cuidadosamente y le dará unos hábitos de sacerdote que ya tiene en su poder.
—Haré cuanto indica vuestra reverencia.
—Mucha prudencia al atravesar las calles de Madrid, y piense usted que son muchos los que le buscan, que usted es muy conocido y que un sacerdote en estos abominables tiempos revolucionarios inspira tantas sospechas como en otras épocas veneración.
—No tema usted. Sabré fingir perfectamente, sólo por darles un buen chasco a esos aborrecidos liberales.