Quedaron después de esto callados un largo espacio los dos hombres, y al fin, el condesito fué el primero en romper el silencio, preguntando con interés:
—¿Sabe ya la señora baronesa mi próxima partida?
—La conoce perfectamente, pues ella ha sido la más interesada en proporcionarle ocasiones de lucir su heroico valor y alcanzar su legítima gloria.
Baselga, que hasta entonces había permanecido obsesionado por la ilusión de convertirse en un célebre caudillo, comenzaba a recordar apasionadamente a Pepita, cuya imagen se le aparecía ahora más seductora que nunca.
La idea de alejarse en breve de la mujer adorada aumentaba el valor de su hermosura, y el placer de sus caricias aparecía centuplicado en la imaginación de Baselga.
¡Abandonarla cuando en su ser no se había saciado la terrible hambre amorosa que su belleza provocaba! Aquel libertino defensor de los reyes y los curas, sentía cierta desesperación y aun se mostraba inclinado a maldecir las circunstancias que le arrancaban de las delicias del amor y le arrojaban rápidamente del cielo al suelo.
Don Claudio, siempre recatándose en la sombra, contemplaba fijamente al capitán, y en la sonrisa que vagaba por sus labios comprendíase la facilidad con que iba leyendo en la frente de aquél todos sus pensamientos.
—Señor conde—dijo el cura cambiando con gran maestría el tono de su voz, que de ligera y meliflua se trocó en grave—. Dentro de pocas horas va usted a partir para cumplir una importante misión y poner en práctica lo que, al ceñir espada, juró usted como cristiano caballero.
Baselga, que pensando en su próxima y dolorosa separación de la mujer amada tenía la frente apoyada en la mano, levantó la cabeza como sorprendido al oír aquellas palabras dichas en tono solemne.
—Va usted a entrar—continuó don Claudio siempre con la misma entonación—en esa vida accidentada y abundante en peligros, propia del valiente que tiene que luchar contra superiores y temibles enemigos. Grandes serán las aventuras de que estará erizada su próxima existencia; aunque el Señor tiene contados los días de sus criaturas, nadie sabe en el mundo cuál será la última hora de su vida y hay que temer a la muerte.