—¡Padre!—dijo Baselga con arrogancia—. Yo no la temo, y eso que no ha mucho me vi casi en sus brazos. Soldado soy y mi destino es morir en el campo de batalla: otra clase de muerte, la consideraría deshonrosa.
—Está muy bien lo que usted dice; pero considere que no todo es morir, que más allá de la tumba existe otra vida y que conforme a la doctrina que enseña la Santa Madre Iglesia hay que pensar en tener la conciencia lo más limpia de pecados que sea posible, para cuando hayamos de comparecer ante el Tribunal de Dios. El buen católico antes de morir descarga su pecho del peso de las culpas en el regazo del confesor. Usted va a cumplir una noble misión, en la que tal vez le busque la muerte. ¿Se encuentra el alma de usted limpia de culpas?
Baselga quedó anonadado por estas palabras y miró con gran confusión al sacerdote, que poco a poco había ido arrastrando su sillón hacia el que ocupaba el capitán, y que ahora avanzaba su cabeza de modo que destacara su artístico perfil sobre el foco de luz del quinqué.
El condesito estaba tan aturdido, como muchacho que en la escuela es sorprendido por el maestro en flagrante delito, y no encontraba palabras para contestar.
Excitado por la mirada bondadosa y angelical del cura se decidió al fin a hablar y al principio no consiguió más que embrollarse en un sinnúmero de confusas palabras.
—Yo... padre... la verdad... ando bastante descuidado en materias de religión. Creo en Dios, en Jesucristo, en el Papa y en todo lo que manda la Iglesia; en otros tiempos me sabía el catecismo de memoria, pero ahora... ya ve usted... los amigos, la vida militar, las locuras de la juventud... en fin, que hace mucho tiempo que no me he confesado y que, de morir en este momento, el diablo tendría mucho que hacer con mi alma.
—A tiempo está usted, hijo mío, de conjurar el peligro. En mí, que soy indigno representante de Dios, encontrará usted el medio de librarse del peso de tantas faltas.
—Yo quisiera confesarme, pero... ¿en este sitio? ¿En un salón de visitas?
—Dios está en todas partes y en todas también puede su sacerdote oír la confesión de un pecador. Acérquese usted más... así está bien. Y ahora si tiene usted verdadero fervor por reconciliarse con Dios, ábrame su pecho y no tema en revelarme la verdad sin miedo a la enormidad de los pecados pues el Supremo Hacedor no quiere que el culpable agonice bajo el peso de sus faltas, sino que viva y se arrepienta.
Estuvo Baselga por mucho rato cabizbajo, ensimismado y como contrayendo todos los pliegues de su memoria para que no quedara trasconejado el recuerdo de las más pequeñas de sus faltas; pero cuando ya se disponía a hablar, le interrumpió don Claudio para decirle: