—Supongo que no irá usted a imitar a ciertas devotas viejas que tienen como pecados nimiedades insignificantes y ridículos escrúpulos. Aquí más que confesor y penitente somos dos hombres, y, por tanto, hemos de hablar con franqueza e ir derechamente a la verdadera importancia de las cosas. Empiece usted, hermano, y diga todo aquello que considere realmente como pecado.

Baselga hizo un poderoso esfuerzo para romper los lazos con que el amor propio y la vergüenza sujetaban su lengua, y con el rostro teñido de rubor comenzó así:

—Padre; me acuso de haberme valido de mi habilidad en el juego para robar con malas artes el dinero de mis compañeros.

—Mala cosa es el juego; pero como culpables son igualmente todos los que se dejan dominar por vicio tan reprobable, no cayó usted en pecado mortal al explotar la simpleza de los que confían su suerte a la baraja. Adelante, hijo mío.

—Me acuso de haber hecho uso de mi espada, sin razón alguna, contra personas a quienes antes había ofendido, derramando su sangre injustamente.

—Gran pecado es atentar contra la vida del prójimo, mas sin embargo, todo aquel que lleve espada, se tenga por caballero y ostente un nombre ilustre, tiene el deber de velar por su prestigio personal y no incurrir nunca en la nota de cobardía. Además, así como la Providencia veló por la vida de usted podía haber ocurrido todo lo contrario, en cuyo caso tanto se exponía usted como su contrincante a morir en el lance. No es, pues, muy grave este pecado. ¡Animo, hijo! ¿Cuáles son los otros?

—Yo fuí el que instigué a los soldados a dar muerte en la plaza de Palacio al capitán Landaburu, y confieso que el recuerdo de su mujer viuda y de sus hijos huérfanos me ha quitado el sueño muchas noches.

—Digno de execración es siempre el asesinato; pero hay que convenir en que aquel hecho nada tuvo de tal. La muerte violenta de Landaburu fué uno de tantos incidentes propios de época de agitación, y sin duda aquel desgraciado fué designado por Dios para servir de triste ejemplo a sus compañeros en política y hacerles ver prácticamente cuán terrible es el fin de los hombres que se separan de las buenas doctrinas. Landaburu era un impenitente revolucionario a quien usted conocía muy bien; ¡quién sabe si Dios quiso castigarle por sus malos pensamientos y lo escogió a usted como ejecutor de sus venganzas! No es, pues, tan enorme este pecado. Adelante, hijo mío, adelante.

Baselga estaba encantado por la bondad de aquel sacerdote que todo lo encontraba bien; que en vez de las reprimendas esperadas, le dirigía amables sonrisas y que demostraba un empeño paternal por desvanecer todos los remordimientos en el pecho del penitente.

Con un confesor tan “de manga ancha” que sabía desmenuzar los pecados de modo que perdieran su carácter horrible, dejándolos reducidos a simples faltas, se podía hablar con entera tranquilidad, y por eso el condesito, cobrando cada vez más confianza, repasó por completo todo lo grave de su pasado y al fin llegó a sus amores con la baronesa.