Al pensar en tal aventura, su lengua se detuvo. El capitán creía circunstancia indispensable en todo galanteador caballeresco guardar eternamente el secreto de sus amores; así es que no se mostró propicio a revelar lo ocurrido en aquella casa entre Pepita y él; tanto más cuanto que el padre Claudio era amigo de la baronesa.

El sacerdote, que con mirada atenta seguía contemplando al joven, pareció adivinar nuevamente los pensamientos que se agitaban bajo su frente, y para desvanecer todo escrúpulo dijo así:

—Hace usted mal si es que piensa ocultarme por miras particulares algún suceso importante de su vida. Engañándome a mí engaña usted a Dios, y de poco puede servir a su alma una confesión incompleta e inspirada en miras egoístas. Todas las preocupaciones mundanas deben expirar al pie del confesonario; para el representante de Dios no han de guardarse secretos, tanto más cuanto que lo que usted diga aquí quedará como encerrado en una tumba. ¡Vamos!, decídase usted, hijo mío, y ya que se ha propuesto implorar la protección de Dios descargando su conciencia de culpas, no oculte ni una sola de éstas.

El condesito, impresionado por aquella voz dulce y atractiva decidióse a hablar, aun faltando a su condición de amante reservado y silencioso. Además pensó en que Pepita se confesaba igualmente con don Claudio y que, como buena católica, ya le habría revelado todo lo ocurrido.

Así que Baselga se decidió a decir la verdad, y dejó escapar un verdadero chaparrón de palabras que fué la relación completa y detallada de todo lo ocurrido entre él y la baronesa desde el día en que se conocieron hasta la hora presente.

El cura escuchaba con aparente atención las palabras del penitente; pero un profundo observador hubiera adivinado en él la distracción que le causaba oír por segunda vez la relación de sucesos que ya le eran conocidos.

Cuando Baselga, acalorado en la descripción de su última conquista, deslizaba algún detalle de color algo subido y se detenía como avergonzado, el clérigo le animaba con un gesto de benevolencia, y el joven seguía adelante en su relación, encontrando cierto placer en revelar a un hombre (aunque éste fuese un cura) toda la felicidad que había gozado.

Cuando el condesito terminó de hablar, vió con cierto recelo que don Claudio se ponía muy serio por primera vez y aún se alarmó más al oír que con voz algo irritada le decía:

—Después de lo que usted acaba de decirme, es casi imposible que yo le dé la absolución.

—¡Cómo! ¿Qué dice usted, padre mío?